La lengua es dual como la serpiente: puede sanar o envenenar, construir o destruir. Las palabras parecen dirigirse hacia afuera, pero su filo siempre regresa: insultos, juicios y mentiras hieren al otro y también a quien los pronuncia.
En la Roma y la Grecia antiguas, el mal decir no era un acto improvisado, más bien era un ritual con una serie de pasos, incluso existían sacerdotes dedicados a maldecir. Las palabras se escribían en tablillas que luego se enterraban en tumbas o cementerios con el fin pedir ayuda a espíritus, dioses o muertos prematuros. El lenguaje tenía fuerza performativa, la maldición era acción.
La palabra invectiva proviene del latín oratio invectiva, discurso de ataque. Su raíz está en invehere, “transportar hacia adentro”, que con el tiempo pasó a significar “arremeter contra alguien”. En su sentido profundo, invectiva es lo opuesto a la empatía: el uso del lenguaje para herir, vejar o degradar. Pero volver a la raíz nos recuerda que lo que se pronuncia hacia afuera también se transporta hacia adentro.
La pieza Invectiva explora esa sombra del lenguaje: la lengua venenosa, la serpiente, que ahoga al que la pronuncia mientras la conciencia observa y llora. Una metáfora del poder del decir y, al mismo tiempo, una advertencia.
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